Hoy cuesta imaginar una infancia vivida entre la precariedad de la posguerra y la esperanza de empezar de nuevo. Pero así comenzó la vida de Antonia Miranda Talaverano, nacida hace 71 años en Casas de Don Pedro, el mismo pueblo al que regresó hace ocho años, al jubilarse, para cerrar el círculo de su historia. Solo vivió allí sus dos primeros años, pero la casa de su abuela nunca dejó de ser un refugio. Su familia, de raíces republicanas, apenas tenía más que sus manos. En el campo se trabajaba duro, y si llovía, se volvía a casa sin jornal.
Su padre, un tío y un hermano de su abuelo se marcharon en bicicleta a Madrid para buscar una salida. Después fueron llevando al resto de la familia. Antonia creció en una chabola de apenas 20 metros cuadrados, donde llegaron a vivir nueve personas, sin agua corriente, sin electricidad y sin televisión, desde 1956 hasta 1962. Y, sin embargo, recuerda aquellos años con ternura: porque no conocían otra vida, y porque entre cuentos de abuela, hermanos y juegos, también se podía ser feliz. Lo difícil, dice, no era para los niños, sino para los padres.
Su madre fue una mujer decisiva, valiente, capaz de subirse a un tren con apenas 23 meses de hija y cambiar el destino de toda la familia. Gracias a un encuentro inesperado, su padre consiguió trabajo y, poco a poco, fueron saliendo adelante. Antonia trabajó en una fábrica de camisas en Madrid, estudió Teología, sirvió a la Iglesia Adventista, crió a su hija y dedicó 25 años a la ayuda a domicilio en Zaragoza, cuidando a personas mayores. Justo en Zaragoza conoció a su marido y construyó gran parte de su vida.
Hoy, de vuelta a su pueblo, vive rodeada de fe, familia y memoria. Participa en asociaciones, talleres, partidas de cartas y viajes con sus hermanos. Porque después de toda una vida de caminos, Antonia sabe algo que no se aprende en ningún libro: a veces, volver no es retroceder, sino llegar por fin al lugar donde siempre estuvo tu alma.