Rosa, nacida hace 87 años en La Medida, Güímar, en una familia de nueve hermanos, siendo ella la octava. Creció en un pequeño caserío donde la vida se sostenía, como ella dice, “del cantero al caldero y del mar al caldero”. Había días de gofio, potaje ralo, una calabaza, un repollo, una cebolla, y si había cabras, también algo de leche. Se plantaban papas sin riego, solo con la esperanza de la lluvia. Y para comprar lo imprescindible, había que recorrer ocho kilómetros hasta Güímar, muchas veces en burrito.
La escuela era tan humilde como la vida misma: una sola maestra para todos los niños y una simple cartilla para aprender lo justo. Fue una infancia dura, marcada por las carencias de la posguerra, por una época en la que “no había casi nada”. Pero, aun así, también hubo alegría. Porque todos vivían igual, y eso hacía que la pobreza no se sintiera como vergüenza, sino como costumbre compartida. En verano, mientras los mayores conversaban al fresco, los niños jugaban a la pelota o al parchís, y por unas horas la escasez parecía quedarse fuera.
La vida empezó a cambiar cuando llegó la carretera, cuando Cira tenía entre 15 y 20 años. Después vinieron la luz, el agua corriente, una nevera y, poco a poco, una forma de vivir menos áspera. Se casó a los 31 años, siguió en su pueblo y vio cómo el trabajo manual del campo – sacudir las ramas de las papas, cavar la tierra con las manos – fue desapareciendo bajo la maquinaria. Hoy es la única que queda de sus hermanos, y mira a sus dos nietas y un nieto sabiendo que habitan un mundo irreconocible para aquella niña que nació al final de la guerra. Y, sin embargo, hay algo que no ha cambiado: quien ha aprendido a vivir con casi nada, termina entendiendo el valor inmenso de todo.