Rosina

La sal que enseñó a resistir

Hoy nos cuesta imaginar que una niña pueda empezar a trabajar a los siete años. Pero así comenzó la vida de Rosina, con los pies desnudos sobre la arena húmeda de las playas de Cambados, recogiendo marisco antes de saber nombrar el cansancio. Iba de la mano de su madre, que le enseñó el oficio y la paciencia, y aún recuerda el nudo en la garganta cuando veía cómo devolvía al mar las almejas demasiado pequeñas, aquellas que tanto esfuerzo le había costado arrancar de la arena. El mar enseñaba pronto a perder.

Rosina no dejó de trabajar hasta los sesenta y tres años. Toda una vida marcada por el sacrificio, por el frío que calaba hasta los huesos y se quedaba a vivir en las manos. Antes de ella, generaciones enteras habían vivido del mar sin normas ni papeles, hasta que todo cambió en 1989, cuando dos parroquias se enfrentaron por la explotación de la playa de O Castelete. La violencia, los antidisturbios, los heridos, dejaron una herida más profunda que las visibles. A Rosina el dolor le robó la voz durante meses, como si el mar mismo le hubiera impuesto silencio.

Agradece al mar lo que le dio, porque fue su sustento y su compañía constante, nunca se alejó de él más que unos pocos metros. Pero ese agradecimiento convive con el miedo. Su marido sobrevivió a la mayor tragedia ocurrida en una plataforma petrolífera del mar del Norte, y ella misma sintió el aliento de la muerte cuando su embarcación volcó al acercarse a una batea. El mar, siempre hermoso, siempre implacable. Sus hijos —dos mujeres y dos hombres— eligieron otros caminos. Aun así, saben que llevan en la sangre la memoria de quien hizo del mar su vida. Y podrán mirar siempre con orgullo a Rosina, la mujer del mar.

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